Resiliencia y músicos

Estamos inmersos en una especie de pesimismo colectivo convenientemente aderezado con una psicosis inducida y una indignación tan justificada como incorrectamente canalizada en demasiadas ocasiones.  La información sobre economía ha escapado de su habitual reducto de las páginas naranjas de los diarios de información general y en los informativos de televisión el espacio dedicado a lo bursátil sigue siendo igualmente incomprensible para el común de los mortales pero se nos entrega desde el inicio, en el sumario y en los titulares. En los ascensores la tópica charla en torno al tiempo meteorológico ha dado paso a un intercambio de coletillas recurrentes del estilo de “lo mala que está la cosa” y el ya repetido hasta el hastío y total desgaste “con la que está cayendo”.

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Se dice que todo lo artístico, desde el punto de vista profesional, siempre ha estado en crisis. Se nos supone a los artistas, en general, y a los músicos, en particular, algo a considerar como una virtud y que se llama “resiliencia” entendida ésta como la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. Debiéramos por tanto considerar que los actuales vaivenes económicos y sus consecuencias en las condiciones laborales no son más que una versión quizá sí  algo más severa pero no nueva en su naturaleza de otros ya pasados y superados con bien. Ello nos colocaría, en teoría,  en una situación algo privilegiada respecto al grueso del colectivo social afectado por el deterioro de las condiciones de trabajo o por la propia y endémica falta de éste.

Hay un matiz respecto al concepto de “resiliencia” que nos debiera resultar especialmente atractivo e interesante. Ser “resiliente” supondría no sólo superar una situación adversa sino, además, salir reforzados de ella y por tanto más y mejor preparados para encarar el futuro y, con él, nuevas ocasiones en que las cosas no nos vengan especialmente con viento a favor.

Considero que el asociacionismo es una suerte de vitamina vigorizante y reforzadora del sistema inmunológico de lo social que puede y debe administrarse en plena ebullición de la enfermedad, sin esperar a que ésta remita o cure pues no funciona a la manera de los complementos terapéuticos tradicionales sino que desde el propio momento de la debilidad del organismo y aún con los agentes patógenos actuando supone claro beneficio en el presente y mayor fortaleza en el futuro.

Muchos músicos vuelven su mirada hacia las asociaciones profesionales de manera especial en momentos como los que estamos viviendo. Y la mirada es recíproca, las asociaciones como colectivo o desde la atalaya de sus juntas directivas ponen su vista en los músicos y lo hacen con una triple intención: conocer cómo están encarando la situación, actuar de manera efectiva ante las más urgentes situaciones de desamparo y planificar a futuro las acciones o modificaciones necesarias en el tejido laboral y artístico de sus representados.

Nadamos en las asociaciones entre la defensa de los aspectos laborales y la promoción y difusión de los contenidos artísticos que genera nuestro colectivo. Es una doble e irrenunciable vocación en la que continuar perseverando. Es en momentos como éste,  cuando se evidencia de manera especial la verdad de perogrullo de que lo laboral puede ahogar hasta llegar al extremo de exterminar lo artístico, cuando no debe cundir el desaliento o la desunión. Sintámonos parte y parte activa, a poder ser, de unos colectivos agrupados en asociaciones que aspiran no sólo a sobrevivir sino a conocerse y comprenderse mejor como profesionales y como artistas. Mitigando el presente pero no sólo como analgesia necesaria sino como constructores, entre todos, de un mejor futuro.

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