¿Por qué hacemos música los músicos?

En muchas ocasiones los músicos bromeamos en torno al hecho de recibir una remuneración económica por realizar una actividad que nos produce tanto placer y enriquecimiento personal. Los que nos dedicamos profesionalmente a la música solemos, en términos generales, discernir entre los aspectos artísticos de nuestro trabajo y aquellos otros que tienen que ver con el marco laboral en que desarrollamos nuestro oficio. Y la relación entre ambas realidades puede ser más o menos armónica, más o menos disfuncional. La expresión artística es al mismo tiempo nuestro sustento básico y en esa doble relación que establecemos con la música podemos perder, en ocasiones, el contacto con algo que podríamos denominar esencia, ese impulso primigenio que nos llevó y nos lleva a sentarnos ante un instrumento o un papel pautado en blanco que esperan nuestro trabajo e inspiración.

¿Por qué hacemos música? ¿Y de qué manera determina el mercado en el que nos desenvolvemos la música que decidimos o podemos hacer? Estas dos preguntas, bien por separado o bien juntas y revueltas, nos pueden llevar a un buen número de reflexiones y disquisiciones en torno a nuestro oficio y nuestra pasión.

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Reconozco que mi primer impulso había sido plantearme, de manera más “filosófica” y “pura”, el hecho musical. ¿Qué queremos comunicar al hacer música? La formulación más tópica y extendida dice que con la música expresamos emociones. Algunos lo explican desde definiciones que incluyen bonitas metáforas como la de “yo cuando toco les estoy contando mi vida, no les oculto nada”, atribuida al baterista de jazz Art Blakey. Expresar y emocionar, llegar al corazón del público… Todos ellos son lugares comunes con los que muchos, a pesar de serlo, podemos sentirnos identificados. Pero siento que hay una o varias vueltas de tuerca que dar a este eje sobre el que sustentamos nuestro trabajo creativo para comprenderlo y conocerlo mejor y de esa manera comprendernos y conocernos mejor.

¿Entendemos emoción como esa sensación de desnudez y “desarme” que nos conecta en momentos concretos de una interpretación musical con algo que está más adentro y más allá de la coraza cotidiana con que nos protegemos por pudor o por temor al dolor? ¿Desea el músico desnudar y desarmar al público que le escucha para transportarle a ese lugar primigenio y más primitivo, más auténtico por tanto, extremadamente humano? ¿Ese ése el impulso y queda ahí, además, no hay nada más? ¿Es ése el objeto final de nuestro trabajo?

Algunos creadores de música, tanto intérpretes como compositores, amplían sus miras y razones entrando de manera clara y evidente en el terreno de lo social e incluso de lo político: la música como motor de transformación del mundo. Este catálogo de motivaciones no negaría las anteriormente citadas sino más bien al contrario, abundaría en la idea de que la verdadera revolución se inicia e impulsa desde el interior de cada uno de nosotros. Pero bien es cierto que supone un paso más o un paso diferente respecto al puro y mero deleite individual.

Además y junto a todo ello: ¿dónde queda el ego del creador o intérprete? ¿Hasta dónde quiere o necesita ser el artista protagonista u objeto de reconocimiento en esa labor de agitación emocional, social y/o política? ¿En qué medida hay altruismo y en qué medida búsqueda de notoriedad? ¿Hasta qué punto se siente el artista sanador a través de su arte y hasta qué punto es él mismo receptor y beneficiario de esa suerte de terapia?

Como en toda primera fase de una reflexión se me agolpan las preguntas y no afloran las respuestas. Resumo aquí, por tanto, borbotones de ideas aún inmaduras e insuficientemente conectadas entre sí. ¿Por qué hacemos música los músicos? ¿Por qué consideramos que lo que hacemos merece la atención del público? ¿Qué día decidimos y porqué que el resultado de nuestro trabajo merece el silencio y la atención de un colectivo de personas durante una hora y pico de su vida?

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